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Yanier H. Palao (Cuba)


Cuando leemos a Yanier caminamos por tierras fértiles. Sus letras son como el mar que abandona la arena dejándola marcada por donde estuvo. La poesía de Palao ejercita la sonrisa y nos mueve hacia los libros para adentrarnos en sus páginas y descubrir esa parte de nosotros ilegal, escondida, enterrada, pero también atrevida, astuta y sedienta por la verdadera palabra. El corazón se nos revela porque su texto poético nos derrumba por dentro pero su pasión por lo que hace nos mantiene de pie.

Oriente
Los cementerios crecen al lado del litoral, las cruces de hierro se deshacen, se integran a las tierras fértiles. La madera se curte, agrietándose; resiste más que el metal. Es corrosivo el ambiente. Las altas mareas inundan las bóvedas dejando solo las cruces al descubierto, como si naufragara el cementerio. Cuando el mar abandona la tierra deja la marca por donde estuvo. Entonces yo pienso en la zona de inmersión, la toco, está húmeda. Hemos tenido una parte de nosotros ilegal, escondida, enterrada. Los campesinos con sus crías atraviesan las vegas. Andan descalzos, traen bolsos y pomos con agua. Tapan el surco con la planta de sus pies, apisonan, ciernen tierra, escogen la mejor para baldear los pisos de sus bohíos o hacer las nuevas casas con pasto seco.
La luz que desprende la mecha ilumina a Ochún o a La Virgen de la Caridad del Cobre.
Porque aquí no se sabe nada, todo se desgrana poco a poco, en la medida en que los árboles se mueven o a tono con la crecida de los ríos.
Una vieja en una silla de ruedas.totalmente encorvada-me inquieta, no sé qué tipo de relación tienen con el hombre que la conduce. El hombre trae un tubo, mira a través de él un mundo cortado por el orificio circular. Estoy en medio de la serranía del Oriente. Esta carretera fue construida por los presos de Boniato. Eso me dijeron. Caminos de dolor, de cautiverio. Carretera destinada a morir en la zona más alta de Cuba. Miro el verde de la vegetación. Se me humedecen los cristales de los espejuelos, veo el paisaje fuera de foco.
¿Valdrá de algo retener este momento? ¿Valdrá escribir de estos caminos hechos por manos asesinas, ladronas, manos de obra barata, presos comunes? ¿Y qué será de estos paisajes, de mí? ¿Qué será, si siempre huyo de ellos?

Un lenguaje que muere
El humeante chorro caía en los disimiles envases. La cola casi alcanza una cuadra. Todos son viejos, compran café. Traen la piel arrugada, sucia. Tienen una pátina de sudor resecándoles el rostro. Llevan guayaberas. Muchos no ven: tienen por ojos huecos negros. Es un lenguaje que muere. ellos me venden periódicos, recogen latas, trafican con la basura -limpian la ciudad. Algunos eran limpiabotas, pero la modernidad hace que se queden sin trabajo. Ya casi no hay zapatos de cuero, solo tela o materiales sintéticos. Hay zapatillas que aún necesitan de betún y un poco de paño. Pero en las tiendas se venden potes que solo con hacerlos frotar los dejan lustrados. Me veo en esos viejos ya agotados. Me incorporo, no quiero en estos muros la verdadera palabra. La revelación del corazón de este país, entrar al único teatro de la ciudad, disfrutar del concierto inaugural.
El músico invitado agradece a los presos que trabajaron en la recuperación del teatro. Ya una vez escribí, que una de las carreteras más altas de este país fue construida por presos -mano de obra barata. Este es el pensamiento que me desvela: las construcciones más grandes, los palacetes y castillos construidos por negros esclavos, la mano del delito, la mano que roba o mata puesta en nuestros colchones. Miraba por las aberturas de la fortaleza de La Cabaña. Mi mirada por donde se defendía el país, veo ómnibus que avanzan camino en nosotros. Así quiero estar. Así vi desde un auto cómo se desploma un edificio, sin hacer nada, solo cerré los ojos, los cerré, mientras, el polvo del derrumbe se alojaba en los otros edificios que aún se mantenían en pie.

Regalo
No puedo dormir,
no sé cómo cerrar los ojos y descansar.
Yo le había dicho: quiero un bosque de flamboyanes
y él me entregó un puñado de semillas.
Esto fue lo que nos faltó:
dónde, cómo sembrarlas, en qué terreno,
lugar,
base,
germinación,
nacimiento.
No puedo dormir,
no sé cómo cerrar los ojos.
A mi lado las semillas,
la amenaza de sembrarlas en terrenos que no son propios.
La amenaza de crear un bosque
y no poder caminar por él,
no poder adentrarme en mi propio deseo.
No puedo dormir, no sé cómo cerrar los ojos y descansar.
Tomo las semillas,
las aplasto, ya no con tristeza,
sino seguro que
ante esta incertidumbre
es mejor la aniquilación.

Si alguna marca tengo es esta
Un fino hilo de saliva,
fuertes escupidas en el rostro.
Para así atraer lo ya vivido,
una vida de exhumaciones que bautizo.
No solo tatuarme la piel,
raspar paredes y baldosas.
Contemplar las hormigas bordeando la unión
de la pared con el piso
y en ese ángulo perfecto, su andar.
Marcar un terreno
un acto de superioridad,
subyugar la existencia del terreno
que ya existía, con o sin otro dueño.
El aire del ventilador
mueve las páginas de los libros.
He querido tirarle fotos a esa imagen, grabarla.
Sería retener lo irrepetible.
Sería un acto de exhibicionismo.
Prefiero los lugares, las personas.
La fea vieja que vende caramelos;
su voz tan dulce como la de su mercancía.
La blusa de jersey
llena de puntadas de diferentes colores
dejando ver los senos caídos.
Los productos (re)envasados que le compro
-champuces, perfumes, cremas, aceites-
Pomos en los que se trafica
la juventud que se agota.
Las montañas bordeando el horizonte
hablan de una geografía
del encierro y la protección del paisaje.
La ciudad trata de borrarlo todo,
pero al subir los escalones
-del edificio donde vivo-
me encuentro
con el insistente olor
de orina y heces fecales de gatos y perros.
Ese olor me recuerda el lugar donde nací,
el olor de los caballos,
el sudor espumeante en la piel
de esos animales, brillando.
Si alguna marca tengo,
es esta.

Reconocerme
Interpretar
otras canciones,
entrar a un cuerpo,
no sentir la piel del otro.
Aislarme, huir.
Cercas que levanto y derribo.
Condones.
Cercas en la fuente, en la ceiba del parque.
Ejercitar la sonrisa,
aún cuando no la sienta.
Es este el tono,
oír todo lo que se vende:
el horóscopo chino,
la charada, Vargas Vila,
flores, pan, 70 palitos por un dólar.
-En la radio-pégate al agua Felo,
pégate.
Una vieja vomita.
De nuevo Peces en Bolsas de Nylon
llevadas por unas manos jóvenes,
unas palabras ya publicadas,

Biografía
Yanier H. Palao (Holguín, Cuba, 1981)
Restaurador y artista de la plástica, miembro de la UNEAC.
A publicado: Sombras del solo, Ediciones Holguín, 2005 (Poesía). Peces en bolsas de nylon, Ediciones Ávila, 2009 (Poesía). Premio "Poesía de Primavera" de la A.H.S. en ciego de Ávila, 2008. Música de fondo, Ediciones La Luz, 2010 (Poesía). A la intemperie, Ediciones Holguín, 2011 (Poesía). "Premio de la Ciudad", Holguín, 2010, y "Premio Puerta de Papel", del Instituto Cubano del Libro, 2013. Vaciados, Ediciones Aldabón, 2011 (Poesía). "Premio Cauce", UNEAC Pinar del Río, 2010. Esteros, Editorial Abril, 2013 (Poesía). "Premio Calendario" en Poesía, 2012. Es coautor, junto a Luis Yuseff, de la selección La Isla en versos: cien jóvenes poetas cubanos. Ediciones La Luz, 2010. Recibió la beca de creación literaria que otorga el proyecto "Torre de Letras", que dirige la escritora Reyna María Rodríguez, 2016. En el 2018 publicó por Letras Cubanas Óxido. Pertenece al grupo literario Pluma Andina. Sus escritos aparecen en varias revistas electrónicas.

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