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Ana Corvera (México)


En la narrativa/poesía de Ana el agua viaja a través del fuego. Sus letras funden el color al de la humanidad de la tierra liberando un embrujo contenido en las entrañas. Corvera es la llama que impone a la caricia el retorno, el grito en silencio de libertad, el aroma que invade los rincones del cuerpo. Al leerla seremos el furor que atrapa los ojos de un amante complacido y a partir de ahí nos aventuraremos para escribir nuestra propia historia.

Mariposa luna (Actias luna)
El árbol recuerda la llama y su funesta blancura: entonces un diluvio esparce temores y surge la mariposa nocturna, alumbrada por el grito de los niños atrapados en su vientre. El agua viaja a través del fuego, la noche cae gota a gota.

El insecto levanta una de sus máscaras y se aparta de la muchedumbre, llevando en sus alas el color de cien manos. Un aroma invade los rincones de su cuerpo: en silencio advierte una identidad, la murmuración de un nombre; dedica su vida a lágrimas futuras. Emprende la búsqueda y vapores en el aire encienden la fugacidad en su decencia.

Se abren pupilas. Los rumores son tristes como incienso, olor de agonía. La mariposa debe posarse en alguna frente y estrellarla, apolillarse en una de sus rutas y jamás olvidar el regreso. Llega, entierra ojos y labios en algún rostro e inventa una música. Entonces huye, es tímida y no se queda; niega de su pecho los rubores de esperanza.

Es el templo coronado por la luna su último reflejo, nada existe fuera de la oscuridad. La mariposa aparece envuelta de fuego y de lluvia sobre las alas blancas respondiendo al amor unos pocos segundos. Luego impone a la caricia el retorno, cuida su paso de las huellas y apaga el rostro en un muro. Vuelve junto a sus hermanas en un lugar demasiado espeso hasta que el abismo destruye su imagen. Se va.

Mosquito común (Culex pipiens) 
Con devoción proverbial inicia el movimiento, siempre oculto detrás de sus nocivos deseos. Una vez sus padres creyeron en la promesa del espejo de Narciso: en él se cristalizó, es una copia exacta, la muestra de que hábito y cuerpo encuentran un día el mismo camino. Ahí, desde el estanque, antes de irse ya conoce los principios de la metamorfosis. Sabe que debe amar, luego perderse y borrar sus huellas hasta el último ciclo de su especie.

Caen fragmentos de rocío. Él, pequeña larva, se sacude, tiembla suavemente para que el oxígeno alivie sus heridas aumentadas en la espera. Luego da vuelcos rápidos demandados por el vértigo; su personalidad se hace involuntaria. Ya pasó el tiempo de beber otra sangre, la vulnerabilidad es un lujo convertido en riesgo.

El cielo está limpio. Lo dicen las nubes tímidas de la primera mañana. Después del espasmo de la descomposición, viene el grito en silencio de libertad. Encima de las aguas se eleva despacio la imagen: cuerpo amordazado, ojos abiertos, cabeza nueva sobre terciopelo. Hay un instante en el que flota; el adulto recién nacido permanece inmóvil mientras se sobrepone a lo que ve. A partir de entonces se le irá la vida recordando cuánto quería negarse al comienzo.

Se erige ataviado de risas y temores. Besa la tierra, impulsa el rostro hasta que obtiene su antiguo derecho entre los aires.

Libélula (Anax imperator) 
Se dice Hada Cornuda pero todos le gritan Equino del Diablo. Anida bajo las aguas y huye cuando sus hijos asoman por primera vez a la superficie, con deseos de galopar.

Asumirse etérea significa predicar sin palabras, borrar la sonrisa de quienes la amaron apoyada en sus propios sonidos. Por eso calla. Tararea anhelando que ninguno se contagie de su fiebre de invisibilidad.

Nadie debe estar cerca. Si alguien robara sus dientes, ella desaparecería enseguida; borraría su destino. Por eso se esconde y no ríe. No quiere que la toquen. Apenas la lluvia y sólo para que termine con la llama de sus pensamientos.

Los adultos también le dicen enfermedad de los niños y por eso la siguen cuando quieren olvidarse de las responsabilidades, del mundo. Admiran que jamás se detenga, aunque sus familiares pregunten las razones de su exilio.

El corazón de la libélula es una brújula en el aire. Ella navega, no se detiene hasta que un tipo de oscuridad la obliga a convertirse en un sobre muerto, lleno de mensajes cifrados.

Inmóvil, se deja auscultar por un otro. Le muestra sus alas blancas y sus cuernos rosados, idénticos a los que, en efecto, poseen las pequeñas heroínas de los cuentos.

Amantes de hechicera (Magus amantis) 
Vienen sólo si hay música de fondo y la nueva luna irradia oscuridad. Arrojan sus cuerpos duros sobre las flores del Caribe, aun cuando mayo esté lejos de ser primavera.

Engalanados por el trópico funden su color al de la humildad de la tierra; abandonan su lecho cuando la lluvia anuncia otro aniversario. Esa noche de cálido invierno los abejones despiertan con signos de locura. Su futuro nace de un aroma que viene de los palpos.

Mientras el tiempo se distrae con las palmeras, los opuestos se entregan a la dictadura de su sexo. La hembra frota sus pares de patas y estrella brevemente el abdomen sobre las rocas, liberando un embrujo contenido en las entrañas; él, rostro sin flecha, acude sonriendo a su último destino.

La pequeña hechicera muere arrojando su fruto, veneno insaciable de raíces. Un furor atrapa los ojos al amante complacido y su interior estalla en un sitio a donde la brisa no llega.

Sobre los indicios de un pantano, cualquier mañana de invierno, yacen dos seres venturosos mientras la historia se derrama.

4
Avanza despacio, deja tu cama atrás y recuerda a tu padre marchándose. Bendice todas las veces que desconfiaste de él, María. Agradece también a tus madres, a la que te dio la vida, a la que se infló el vientre y lo coloreó ambarino mientras te alimentaba. Reza a quien se abrazó a las paredes, a la que lloró velando tu fiebre. Ahí estaban también tus hermanos, los insectos, fantasmas que siguen aquí para quitarse el nombre y escuchar el tuyo cuando renaces. Dale vuelta a la llave. Recorre los pasillos fríos y descubre que mienten al decir que no hay nadie. Busca en las flores. Esta vez nadie detendrá tus pasos.

Recuerda cuando comías tierra, cuando le hablabas a las plantas y no vivías sin sus frutos, cuando construías tu casa, cuando te peleaste con un amigo y moriste en boca de un desconocido. Alguna vez viste algo y te saltaron los ojos; volaste y te confundiste con los desperdicios; perdiste los dedos y te pareció tener más de seis manos; estuviste segura de que nada podía atravesarte. Recuerda cuando te golpeó una gota de agua, desfallecías cada vez que amenazaba un pequeño torbellino.

Piensa en que es posible que nada de esto hayas vivido, has sido muchas durante los sueños, pero no necesitas salir a la calle para saber. Hay una memoria que te alivia, que te convence y te dice que realizaste los deseos. Ésa ha sido tu vida, sucediera dentro o fuera de los ojos. Inventa tu propia historia y si quieres puedes verla en la de ellos, los que viven sólo un día, los que mueren aplastados por tus uñas y se arrastran bajo tus zapatos.


(Fragmentos de Nocturno corazón de los insectos)

Biografía
Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la UdeG y Licenciada en Letras por la UAZ, obtuvo el Premio Nacional para Proyectos Artísticos y Culturales en 2004 y el Premio Estatal de Ensayo Mauricio Magdaleno en 2006. Becaria del PECDA en 2007 y 2015, ha publicado en revistas de México, Venezuela, España y Colombia como Norte/Sur, La cabeza del moro, Letralia, Liberoamérica y La raíz invertida. También en los libros El viento y las palabras (La Zonámbula), Pensamiento Novohispano (UNAM), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP) y Ficcionario de Teoría Literaria (Texere). Su libro Nocturno corazón de los insectos (Taberna Libraria) es un híbrido entre narrativa y poesía. Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela. Actualmente divulga ciencia, colabora en el programa Cuenta Conmigo de Televisión Educativa y es asesora del coloquio internacional Voces desde el llano.

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