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Dancizo Toro-Rivadeneira (Ecuador)



De la poesía de Dancizo brontan en multitud arroyos.  Sus versos se agitan con frescura del borde al fundamento, es cuestión de echarle tiempo al fuego. El poeta desata la claridad del día y la materia oscura durante la noche, para que la historia se abra violenta con envergadura ante la belleza. El néctar de su palabra, da la sensación que baña la piel sobre leños que purifican la nostalgia hasta devolver la algarabía.
 

Ave lucífuga la sombra

El ciclo de un pájaro efímero

fue la envergadura de tu ninguna masa,

umbroso pétalo que ensanchas el lomo

y repliegas los élitros con alternancia diurna.

 

Tu péndulo que agita con frescura

los arándanos saciados del sol

también divierte al Boletus y a la hormiga.

Hasta la hierba más rala es por ti motivo de grandeza.

 

Lo grávido para ti, sombra, fue el nombre

pues decir es, como el sol, hacer el día

y al nombrarte ¿qué sombra de ti enciende? 

¿Qué árbol, bajo tu árbol, derrama tal silueta?

 

Saliendo de las ramas, después, impalpables

del borde al fundamento,

del polvo a la roca altísima,

los endotelios rasantes de tu ninguna altura

para que no rezume lo verdaderamente luz,

que es el silencio,

desde lo hondo al tacto tímpano del ojo.

 

Por entre todas las conchas del relieve, te prefiero.

Ave lucífuga entre las ostreras del mar luminoso

donde se zambullen por ir tras los peces en desove

las estrellas que ya son sombra en la materia oscura.

 

¡Ah! Qué párpado tan lúcido

el que cierras bajo las cosas

cuando gobernaria sobre el curso del día

los soles tratan de jugarnos un color

de acuerdo con su cenizas.


 

Fue del tiempo, el humo

Fue cuestión de echarle tiempo al fuego

para que empezara el humo

y humareda la tiniebla,

fuera, el desangre de las ramas.

 

Allí, en ese cedro, en ese olivo

en ese pino aristado que eras fuego.

Desembarcaron,

implumes y erectos,

simbólicos y lúdicos seres

con fuelles y relojes.

 

Arborizaron

tu elemento, hoja adentro,

para echarte los leños temperiales

que eran la cuña y la sombra medida,

los hilos de arena madejando el día

el vidrio y la clepsidra.

 

El trémolo átomo desataba

los tempestuosos segundos

del hollín y la ceniza.

 

Te tumbaron sobre bosques

fumigado en tu propia sangre,

ímpetu

y empezaste a crepitar

los nuevos temores de las branquias

como relinchos de caballos reventados,

calcinados en llevar su propia pira al lomo.

 

Pero fuego

cuando te obligaron a la antorcha y a la hoguera

a las crudas musculaturas de los primeros peces

y a las reses del metal,

la apariencia moviente del cielo ―que empezó con el humo―

nos mandó a la mitad de esta enorme caída

en cuyo abismo, la muerte.


 

Ola con mariposa quieta

Muerta o no,

siempre fuiste irremediable

de encontrarle los remansos a la flama

para urdirte y reventar

lo más mariposamente demudada

como una especia de la luz.

 

En tu última y alígera hermosura,

¿de qué abierta flor encepada

por la arena profunda

fuiste la intérprete del néctar marino

cuando te hacías pelícano y cangrejo   

por planear tu próximo capullo?

 

¡Qué crisálida

tu cuerpo desnudo

para vadear del tiempo!

Tú que traías resuelto hacia la brisa elemental

lo que a nado el pez forjó en escamas hacia el agua.

 

Ahora serás tu propia seda,

tu propia reposada mariposeidad, serás,

en tanto el sueño sobre este tibio témpano de oleaje      

te permita recoger

consistencias abisales,

derrames galácticos,

colores trasmontanos.

 

Porque, muerta o no

siempre serás tú nido

para volver a abrirte violenta en qué belleza,

como la otra que eras

cuando oruga.


 

Parábola de Bwana, Facóquero y Escritor

Eras la bestia más muerta

que hayan visto jamás las ásperas hierbas.

Los facóqueros que reventaste a plomo

guardaban más dignidad en un colmillo

a la intemperie

que toda tu vestida estructura

sesteando a la sombra de una caja.

 

Los muertos

que no tuvieron cuervos

no tuvieron hienas

ni escarabajos oportunos,

se arrellanan en sus tumbas,

inventan gusanos espontáneos como clavos

que brotan de soñar con los huesos

la claridad del día.

 

Con la carne dura como un tendón

han caído mezquinos, sin ruido,

o tan lejos que no hubo fiera que los escuche,

se atrincheraron en su ámbito oscuro   

como se amusgan las orejas de un toro herido

hacia el pelaje de su cruz

y pusiéronse a podrir bajo la forma de un gran puño.

 

Tú que apuntas a los gorriones con el lápiz,

no construyas nunca una casa,

pero si tu miedo persiste

y se torna imposible no escribirla,

haz que su única luz mire hacia un árbol lleno de buitres.


 


Canto insomne para un caballo endrino (Herido)

¡Cállense estos ojos

insomnemente airados

que se han puesto a berrear por tan poco,

por lo visto,

por lo reventado enorme del caballo

que les vino a parecer la noche

de este lado al otro de la alcoba!

 

Con todo lo sidéreo y memorioso

no han dejado dormir estos verdes sumideros,

errados     

ante lo herrado endrino

de esos otros manantiales

sin aire enorme que les galope el pulso.

 

¡Cállense jinetes!

¡Ciérrense nictitantes!

O por lo menos, ensalívense,

en interpretar las relinchas de la montura que les tomó

llegar de las estepas caucasianas

a los pisos prados de la madera.

 

Lomados por la carga que lo ciega todo,

salvo cuando en lo ubérrimo de lo oscuro

se tiene la desgracia de no poder vaciarse

librándonos de la altura

que es la noche,

sin cerrar los ojos, insisto,

endrinos (heridos) del caballo.

 

¡Cállense!

De pura sangre hacia lo oscuro

habrá estallado este caballo.


 

Niños fumando de algo gris sobre una manzana verde

El único poema aquí posible

es no estar o, en este caso,

hacerse humo.

 

Esas ratas gamitando

son solo niños que intentan escribir algo hermoso

con las babas, escriben lobo

con los tajos de su piel, escriben tigre

puede leerse en sus anchas pupilas, cocodrilo.

 

Pero esta jaula tiene genio de trampero

deja vivas a las fieras.

Nadie faenará esta noche

a estas cucarachas que corcovan heridas

perforándose unas a otras

¿Quién sino las jaulas ampararán

a estos cojitrancos pájaros torcidos?

 

Ellos resueltos, toman la manzana (grave dulzura en pomo)

solo somos bestias ―dicen―

y hastían torpemente en perpetrar a un cerdo glabro y dormido

que llevarán a la hoguera.

 

Del epicarpio lustre al lardo corazón

       lo atraviesan

como topos horadando la tierra,

le echan la cruz de un abismo entre la pulpa

para ahumarlo desde adentro.

 

Ponen una gris cal en el ombligo de la fiera,

inclinan la testuz y fuman de su hocico

como besando al fuego.

 

Esas ratas gamitando

son solo niños que intentan escribir algo hermoso

pero, en este caso, con el humo que escurre de sus fauces

no han escrito más que su propio humo.


 

Los viejos lechos del Amu Daria

 

The Old Beds of Amu Daria.

Kropotkin, P. (1898)

 

De las altas cordilleras de Pamir

brotan en multitud arroyos.

Algunos, que son dados a la fuga,

no se entierran y se vuelven corrientes poderosas.

A este número pertenecen las aguas del Amu-Daria,

viejo entre los cuatro ríos del Edén.

 

En sus riberas se empuñaron las primeras hojas del bronce,

se cocieron las primeras gachas del trigo y la cebada.

Un humo nunca visto se extendió

entre la Meseta del Hambre y el Desierto Negro,

interponiendo a los barjanes de arcilla;

olas de algodón y azufre que la gente cambiaba por vagones.

 

En ocasiones, sin embargo,

la sombra del río crece como una

costilla que lo desborda

y mientras hombres y mujeres planean

los cuernos de las saigas,

la piel de los escincos,

por el apretado follaje del agua

bajan libélulas muy hurañas

a enterrarse en su vientre y el Amu-Daria

migra para endulzar con légamos las conchas de otro mar.

 

No se sabe dónde aguarda la peonza del bello mecanismo

por el cual el río desemboca

alternativamente en el Aral y el Caspio

ni cuántas veces se ha cantado

a los ribereños que amontonan con premura

los sacos de arena y de pan.

 

Cada choza a orilla del agua

tiene sus leyendas de heroísmo.

Pero cuando esto sucede

las saigas y los escincos mueren sin violencia,

completando el círculo de ser salvaje

y los barjanes entierran, de vez en cuando,

unos cuantos vagones.


Biografía

Dancizo Toro-Rivadeneira (Quito, 1985). Biólogo (CAECE Buenos Aires, 2010). Magíster en Biología de la Conservación (PUCE Quito, 2012); Epistemología de las Ciencias Naturales y Sociales (UCM Madrid, 2014) y Biología Evolutiva (UCM Madrid, 2016). Doctor en Filosofía (UCM Madrid, 2022) e investigador predoctoral en Biología Evolutiva (CSIC-MNCN, desde 2018). Poemarios publicados: Litotelergia, o sobre el ímpetu de los cantos fugaces (Ed. Vinciguerra. Buenos Aires, 2008); Recusaciones (Ed. El mono armado. Buenos Aires, 2009); La esputación de los alienados (Ed. Casa de la Cultura Ecuatoriana. Quito, 2012) y Arribo y defaunación del fuego (Ed. Calambur. Valencia, 2021).

Comentarios

  1. Un gusto disfrutar de la lectura de sus magistrales obras poéticas estimado autor. Que sigan los éxitos!

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